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Playas de Ibiza: Playa de Cala Salada

Playas de Ibiza: Playa de Cala Salada

Hay lugares en esta isla que no dejan de sorprender incluso a quienes llevamos años disfrutando de Ibiza. Más por cuestiones de trabajo que por puro placer, visité este lugar tras una buena comida en Sant Antoni.

Salimos del pueblo en dirección a Santa Inés, hacia el norte. No tiene mucha pérdida pues si llegas desde Ibiza, simplemente tienes que continuar bordeando el pueblo a través de las rotondas que se encuentran, a pares, antes de llegar al pueblo. Si te encuentras ya dentro, sigue las indiciaciones hasta el centro de salud, y una vez llegas a la rotonda donde se encuentran las indicaciones de Cala Gració y Cala Gracioneta, toma el desvío que indica Punta Galera o Santa Inés.A la derecha dejamos el velódromo de Sant Antoni,  y a unos dos kilómetros encontramos un desvío a la izquierda, justo antes de que la carretera se perdiese en una curva, donde se encuentra un cartel indicativo.

A partir de aquí, empecé a desear que fuera lo que fuera a ver, merereciese lo suficiente la pena, pues la bajada a la playa esta llena de pendientes muy pronunciadas con unas enormes curvas que en ocasiones se bifurcan para dar acceso a las casas que se encuentran dentro de la cala. Para no dar marcha atrás decidimos tomar siempre la dirección que tenía más pendiente, y acertamos. Al final del camino empezamos a ver coches aparcados a ambos lados de la carretera, que iba desapareciendo para dar paso a la arena. No hay mucho aparcamiento la verdad, aunque tampoco mucha gente.

Nada más acceder a la playa encontramos un puesto de la cruz roja, aunque ya os aviso que no tienen biodramina para el camino de vuelta. Miré a la izquierda, justo por encima de la sombrilla y vi lo que me pareció un pequeño chiringuito. Necesitaba refrescarme. Entre la comida y el viajecito tenía la boca seca. Empecé a dirigirme hacia la terraza cuando vi que el fondo del chiringuito parecía una pared natural. Y tan natural. La pared de la cala se elevaba en un talud que me pareció gigantesco. Entonces caí en la cuenta de que aún no había visto la playa, sólo la arena gruesa que iba pisando. Al girar la vista comprobé que la pared vertical era en realidad un talud que se perdía en el mar a unos cien metros de forma brusca.

La playa era pequeña de unos cincuenta metros, y terminaba en una plataforma artificial, de aguas transparentes. Ví una barca a los pies de la plataforma y un artilugio de madera colocado a los pies de una roca. Al otro extremo de la cala cerraba una zona de salientes con un pequeño islote donde amarraban un par de embarcaciones. Pedí que me trajeran una botella de agua, agarré la cámara de fotos y me volví a investigar aquella zona.
Al llegar a la plataforma, que debía servir de embarcadero, comprobé que el agua tenía un color turquesa. La gente se bañaba a unos veinte metros de la orilla sobre unas colchonetas. La vegetación era escasa en la orilla, pero crecía en abundancia a unos diez metros, entre zonas arenosas de poca profundidad. A un par de metros ví a unos turistas ascender por aquel artilugio. Era una escalera de madera endiabladamente estrecha y empinada, aunque visto el terreno, bastante rocos y abrupto, casi parecía la única opción de cruzar al otro extremo de la cala. Eso, o coger de nuevo el coche. Como esto último no me motivaba, decidí atarme bien la cámara y cruzar.

Allí me esperaba Cala Saladeta, otra pequeña playa con casetas de pescadores y unos treinta metros de anchura, de aspecto muy similar a Cala Salada. Como la travesía a pie me parecía algo arriesgada, pensé que sería mucho más práctico buscar una llegada a través de la carretera. Pero entonces, ¿para qué estaba pasando la gente por una zona tan estrecha y arriesgada? Pues porque entre Cala Salada y Cala Saladeta existen unas cuantas playas de dimensiones muy reducidas, solitarias, donde sólo puede molestarte la escasa gente que va pasando de una playa a otra buscando la misma tranquilidad que tú, en el más aislado de los parajes, con un viento que apenás sopla y donde el chiringuito (¿Y mi agua?) que más bien es un espléndido restaurante y el puesto de la cruz roja delante de las hamacas son el único vestigio de civilización.

La vuelta fue mucho más tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que era cuesta arriba. Si alguno tiene pensamientos de hacer el recorrido en bicicleta, ya puede estar en muy buena forma. Al llegar a una segunda glorieta, la primera si accedemos a la playa, observamos que la carretera se adentraba en dirección al mar, y era demasiado larga y en buen estado como para ser el acceso a alguna casa aislada. La curiosidad nos pudo y seguimos camino abajo de nuevo, aunque esta vez la carretera era mucho más recta y menos pronunciada.

Al llegar al final del camino estabamos demasiado alto como para encontrarnos en una playa, así que, sólo quedaba una opción. Ibiza está llena de calas que no podréis ver en ningún mapa, algunas sólo puedes llegar en barco, y otras, no disponen de servicios mínimos como para ser considerados playas, pero son lugares apartados, de difícil acceso y con un encanto sobrecogedor. Al bajar del coche comprobamos que estabamos sobre un precipio de unos cincuenta metros, con una impresionante vista de Cala Salada al fondo, donde se podía apreciar todo su encanto.

Si la vista era espectacular, la sorpresa vino cuando miramos hacia la cala. En apenas unos veinte metros se alineaban las casetas de pescadores. El resto, un paraíso virgen y solitario, donde únicamente te acompaña el eco de tus pasos.

 

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