Cala San Vicente Ibiza – Cala Sant Vicent

Visitando la costa norte de la isla, tras dejar atrás la playa de Aiguas Blancas, llegamos a uno de esos puntos mágicos que todo turista espera ver. Dan  ganas de bajarte del coche en movimiento para contemplar durante horas las hermosas vistas que ofrece. Hablamos de la Cala de San Vicente. Tal vez sea el núcleo urbano más alejado de Ibiza. Tal vez, por eso, sea uno de los lugares más hermosos que hemos tenido la oportunidad de disfrutar.

Dirigiéndonos a la Cala de San Vicente.

Podemos alcanzar esta playa a través de dos carreteras muy distintas. Si preferimos hacer una ruta más turística y sobre todo, con una carretera sin demasiadas curvas, podemos alcanzar la Cala de San Vicente desde la vecina Sant Joan. A nuestro paso podremos visitar la iglesia de Sant Vicent y, si nos levantamos muy tempranito, el yacimiento arqueológico de Es Culleram.

La otra opción, plagada de curvas y límites de cuarenta, la encontramos desde la carretera de Es Figueral, a la que accederemos desde Sant Carles. Si bien el camino no es tan agradable, si que guarda una sorpresa. Entre curva y curva, al aproximarnos a la Cala de Sant Vicent y empezar a ver el mar, nos encontramos con una preciosa panorámica de la cala al completo, con aguas de un azul intenso y una costa escarpada dándole abrigo. No se puede parar en la curva, una lástima, aunque los coches aminoran la velocidad hasta casi detenerse. Pero tenga cuidado. Parar aquí conlleva un alto riesgo.

Llegando a la Cala Sant Vicent

La carretera de acceso a la cala termina en un pequeño aparcamiento en el que con mucha suerte, podremos aparcar. La disposición paralela de los hoteles a la playa deja poco espacio a la improvisación, así que si no encontramos aparcamiento a la primera, más nos vale tomar la carretera que discurre por detrás de los alojamientos.

La llegada a la playa, a través de paseos de arena, resulta muy cómoda, y al mismo tiempo, espectacular. Una de las características más importantes de cala es la profundidad del abrigo de rocas. Con semejantes brazos, el agua llega muy calmada a la orilla, bien protegida. La sensación de estar en una gigantesca piscina natural aumenta las ganas de bañarse.

Las hamacas se distribuyen tras la primera línea de baño, dejando espacio más que suficiente para los que prefieren gozar de la toalla. Desde este punto, las vistas a los montes de pinos nos recuerdan que estamos en el Mediterráneo.

Ya en el agua, sin demasiada pendiente y con la baliza protectora, distinguimos a la perfección las casetas de los pescadores tan típicas en cualquier cala, por pequeña que sea.

No hemos llevado nevera, pero no va a ser un problema. Los restaurantes y chiringuitos abundan por la Cala de Sant Vicent, sin invadir ni por un momento la naturaleza tan brutal que nos rodea. Hablamos de cuatrocientos metros de arena, una playa de dimensiones importantes teniendo en cuenta que estamos dentro de una cala.

Los deportes acuáticos, con escuela de vela y motonaútica, y las diversas actividades que nos proponen, como velomares, piragüas o sky bus, no son más que un aliciente añadido.

Aunque si tiene oportunidad, llévese las gafas y el tubo de bucear. Las rocas afloran a los pocos metros de la orilla dando lugar a un paisaje marino único.

No se pierda tampoco la galería de fotos en la ficha de Cala Sant Vicent.