Capilla de Puig d’en Ribes

Capilla d'en Ribes

Esta mañana ha sido un tanto curiosa. Hemos estado en el término municipal de Santa Eulália, y como nos sobraba algo de tiempo, hemos vuelto a buscar la Capilla de Puig d’en Ribes. Y decimos “hemos vuelto”, porque es la cuarta vez que intentamos encontrar dicha capilla.

Encontrando la senda de la Capilla de Puig d’en Ribes

Si uno toma café, o simplemente dá un paseo por el centro de Santa Eulália, junto a la parada de taxis encontrará un cartel con indicaciones a los distintos puntos de interés que se encuentran por la zona. Puig de Missa es un claro ejemplo, así como el museo etnológico, o el museo Barrau, dedicado a este pintor. Entre estas indicaciones se encuentra la capilla de Puig d’en Ribes. Pues bien, si uno sigue los letreros oficiales, llega hasta la glorieta de entrada al municipio, lo cual está muy bien. De ahí, una nueva marca que nos lleva a un cruce sin más señalizaciones. Si tomamos el camino de la izquierda, veremos la Venda d’en Ribes. Muy bonita, pero de la capilla ni rastro. Si tomamos el camino de la derecha, volvemos a encontrar una señal en el lado izquierdo de la carretera, que nos indica que nos hemos pasado.

Como la venda, ya la habíamos visitado, y los caminos que suben hacia la montaña también, decidimos probar una ruta distinta. La primera a la derecha tras pasar el cartel en dirección a la glorieta. Y por fin una señal distinta y desconocida. Una flecha en posición vertical delante de algo parecido a un sendero en la montaña parece indicar el camino, aunque no estamos seguros del todo.

La subida a la Capilla de Puig d’en Ribes

La cámara en un mano y los dedos cruzados en la otra. Comenzamos a subir por la senda y a los pocos metros, el caminito entre pinos se convierte en un camino de cabras. Pero montesas. No hay señales que nos indiquen la buena dirección, sólo el sendero. Seguimos subiendo, y subiendo, y subiendo. Yo vivo en un quinto sin ascensor, pero las piernas me tiemblan. De la capilla ni rastro. Eso sí, las vistas desde esta altura comienzan a ser impresionantes.

A veces, tras doblar un recodo del camino, parece que tenemos la capilla a la vista. Pero no. Los troncos y pedruscos crean formas muy curiosas. Con la idea de no ser este el camino, encontramos unas cáscaras de naranja en el suelo. Bueno, puede que sí sea el camino. Y si no lo es, al menos nos quedamos con el consuelo de que hubo otro tonto que también subio por esta senda. Aunque claro, él venía preparado, porque sólo llevamos la cámara, estamos empapados en sudor y no tenemos ni media botellita de agua que llevarnos a la boca.

Cuenta la leyenda, que en la capilla de Puig d’en Ribes vivía en el siglo XIX un monje anacoreta. Este monje se alimentaba de la comida que los payeses le ofrecían para que rezase por ellos. Y les puedo asegurar que este monje tenía que ser muy creyente, porque a cada paso que subes por la montaña, te acuerdas más y más de Dios.

Al fin, una pequeña construcción aparece sobre los pinos. Hemos llegado a la capilla de Puig d’en Ribes. Si no era tan difícil…

Un auténtico tesoro en Puig d’en Ribes

La capilla en cuestión es una edificación de dos habitaciones con una reja en la entrada, una salida de chimenea en el interior de sus gruesas paredes, y un altar de estampas, fotografías, velas, flores y demás elementos religiosos. Hay incluso un pequeño platillo que sirve de cepillo y en el que hemos dejado unos céntimos. Quien quiera que venga a limpiar el lugar, desde luego, se lo gana con creces.

Llama poderosamente la atención una pequeña caja en la que reza el título de “botiquín”. Y una serie de indicaciones sobre lo incívico que resulta llevárselo.

En el exterior, pequeñas pirámides realizadas con pequeñas piedras y coronadas por cruces, nos hacen pensar que alguien tuvo una forma distinta de recordar a sus seres queridos. Al dar una vuelta a la pequeña casa, descubrimos que el monje en cuestión no tenía un pelo de tonto. Las vistas a Santa Eulália, entre los árboles, son sencillamente increíbles. Pero no al pueblo. Todo el norte del  municipio, la isla de Tagomago y buena parte de Sant Joan se dibujan en tonos verdes y azules . Algunos pinos jóvenes tapan las vistas. Hace cien años, probablemente no estuviesen.

Es la hora de bajar de la capilla de Puig d’en Ribes. Subir fue cuestión de piernas. Bajar es cuestión de equilibrio. Hay que mirar muy bien donde ponemos los pies, y agarrarnos a algún pino que se acerca al camino. Un terreno muy resbaladizo en el que sobra hasta la tapa del objetivo.  Hacía mucho que no me alegraba de ver una carretera de asfalto.