Turismo en Ibiza

Turismo en Ibiza

La Ibiza turística

Cuando uno oye hablar de Ibiza, lo primero que le viene a la mente son fiestas increíbles y calas recogidas. El turismo veraniego ha eclipsado a la otra Ibiza. No hay otra forma de explicar que hasta finales del siglo pasado no se descubriese la importancia histórica de las murallas de Dalt Vila, la ciudad alta de Ibiza. Pasear al atardecer entre sus calles supone un viaje al pasado más desconocido. Sobre un antiguo recinto árabe se ha construido una pieza única de emplazamiento defensivo que permanece casi intacto. Entre sus calles, cinco siglos de historia y leyendas han conservado edificios a pesar de los ataques y explosiones que ha sufrido.

Salir de la muralla no es abandonar el pasado, pues la necrópolis nos espera para recordarnos que hubo vida mucho antes. La época púnica y fenicia creo su santuario a los pies de la colina que hoy preside la ciudad. Los fenicios dejaron sus huellas junto a las salinas, minas del pasado reconvertidas en viveros protegidos.

Pero la historia dejó muchas más huellas repartidas por toda la isla. Ermitas e iglesias se dispersan por todo el territorio recordando las incursiones bereberes, los ataques piratas y las huellas de una guerra civil que no dejó indiferente a Ibiza.

Costumbres milenarias

El aislamiento de la península conservó intacta la tradición y costumbres. La alfarería local, de tradición milenaria, sigue presente en algunos puntos de Sant Rafael. La gastronomía sigue uniendo los recursos de la tierra para dar sabor al más puro estilo mediterráneo. En las fiestas, vestidos típicos y música autóctona nos recuerdan que hubo un origen, y que algo nos ha quedado. El Ball Pages se cultiva desde la infancia y está presente en todos los actos. Sant Mateu aporta el tradicional vino ibicenco, la bebida perfecta para acompañar la sobrasada y el pan payes.

Mucho ha cambiado la historia. Pero más ha cambiado el turismo en Ibiza. Un lugar venerado por los hippies que encontraron el espíritu perdido de Es Vedrá y se quedaron para adorarlo, dejando su huella en la Atlántida de Cala d’Hort.

Y mucho ha cambiado la isla. Donde hubo algarrobas y ovejas hoy se levantan hoteles y casas rurales. Pero ni la vorágine turística ha podido borrar las huellas de una historia de la que, aún hoy, queda mucho por descubrir.